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Guillermo es.charla gastronomia 2-3-4/11/1998
- El huésped que en la mesa se hace esperar más de un cuarto de hora, no es un "gourmand" : es un grosero.
- La persona que se sujeta la servilleta en la camisa o se la pone en el ojal de la chaqueta, sólo puede ser un comilón o un imbécil.
- Hay mujeres que quieren pasar por distinguidas y creen impresionar mucho dejándose los guantes puestos para comer. ¡Qué poco tacto, qué asco, qué repugnancia despierta su actitud! Es tan antinatural llevar guantes como acostarse con botas de montar. (O también darse polvos y pintarse durante la comida).
- Una comida sencilla, servida en una mesa bien iluminada, sabe mejor que el manjar más rico que haya que tragarse a oscuras. La luz es el destello de Prometeo, lo que infunde un apetito acelerado incluso al estómago más perezoso.
¡Qué imbéciles gastrónomos deben ser los que anuncian a gritos que hacen servir una buena comida a la débil luz de las velas y qué "entendidos" serán los que creen deleitarse al resplandor de luces vacilantes y tristes!.
- El huésped advertido no empezará conversación alguna hasta después del primer plato. Hasta entonces, la comida es un asunto grave del cual nadie debe distraer con ligereza la atención de los demás.
- En ninguna parte el hombre culto debe elegir con más prudencia sus conversaciones que en la mesa. Si durante la comida se habla con la hermosa vecina de la belleza de otra mujer ; con un poeta, o músico, del talento de su competidor ; con un general, de las victorias de otros militares ; o con un periodista, de los numerosos lectores de la prensa rival, a estos pobres diablos se les estropea el apetito y hasta se puede despertar en ellos la sospecha de que uno es un malandrÃn o un botarate.
- El mayor pecado que un "gourmand" puede cometer contra los demás es quitarles el apetito. El apetito es el alma del "gourmand", y quien intenta estropearlo comete un asesinato moral, un asesinato gastronómico, y por lo tanto merece que se le condene a trabajos forzados.
- Nada hay que ayude tanto a la digestión como una buena anécdota de la que uno pueda reirse con toda el alma.
- Una persona estúpida jamás y en ningún sitio se comporta más neciamente que en la mesa, mientras que una persona con agudeza de ingenio tiene en la mesa la mejor ocasión para lucir sus facultades.
- La única manera decorosa de rechazar el plato que os ofrece la dueña de la casa es pedirle algo más del plato anterior.
- Si un huésped ofrece a otro una fuente, este último tiene el deber de aceptarla sin vacilaciones; toda competencia ridÃcula sobre quién de los dos ha de servirse primero, hará que la comida se enfrÃe, con lo cual uno puede cometer un pecado consigo mismo y con todos los demás, por lo que no merecerá el agradecimiento de nadie.
- Ante la Ley y en la mesa todos deben gozar de los mismos derechos y han de tener las mismas obligaciones. La mesa nos hace a todos iguales.
- El que come manzanas o peras sin mondar demuestra que pasa hambre. Sólo las frutas que uno mismo coge del árbol pueden comerse asÃ.
- De una buena comida depende una buena salud, de la buena salud la conservación de una buena constitución, y de ambas todo cuanto mantiene el edificio social de la sociedad humana en sólidos pilares.
- La mayor virtud del verdadero "gourmand" es: no comer nunca más de lo que se pueda digerir con dignidad, ni beber más de lo que se pueda soportar con plena conciencia.
- Solamente el filisteo necio se estropea el estómago, se emborracha y luego tiene que echarse a dormir la mona.
- La modorra es la prostitución del estómago.
- El verdadero gastrónomo tiene sólo dos buenos amigos en el mundo : él mismo y su cocinero. (Naturalmente, esto sólo es válido en el supuesto de que el cocinero sea verdaderamente bueno ; de otro modo debe despedÃrsele cuanto antes).
- El huésped que habla mal de su hostelero antes de que hayan transcurrido tres horas, debe ser castigado. La gratitud del estómago debe durar por lo menos tanto como la digestión de lo ingerido.
- El hombre cortés no visita a nadie durante las horas de la comida.
- La divisa del verdadero "gourmand" es aquella del viejo Michel de Montaigne : "Mon métier est l´art de bien vivre" ("Mi oficio es el arte de vivir bien").
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