Tenían adquirido algo de fantasmagórico los últimos años de estos salones situados en el centro de una ciudad que ahora está desterrando sus salas de exhibición a la periferia y también tienen algo de fantasmagórico las presencias urbanas que Petra Agüero nos ofrece, como producto de su imaginación. Fantasmagóricas quizás debido a que han surgido de una mente donde se han forjado los recuerdos proporcionados por el ámbito familiar, siempre magnificados, de la manera que se puede magnificar la piedra vetusta que aún se mantiene en pie en el iniciático solar de los Agüero situado en el lugar del mismo nombre, dentro del municipio trasmerano de Ribamontán al Monte. A ese tono fantasmagórico contribuye, sin duda, el hecho de que los paisajes se encuentren huérfanos, que las figuras hayan desaparecido, como si la memoria hubiera querido eliminar la presencia de los protagonistas, dejando solamente la huella de las siluetas arquitectónicas.
La memoria heredada de las conversaciones de los mayores y las imágenes espigadas en la contemplación de viejas estampas ha servido para cincelar un trazado y un colorido que a menudo recuerdan las ilustraciones nacidas de la publicación de los cuentos góticos. La ermita de San Roque, demolida en el tráfago de la guerra civil, el palacete del Embarcadero, con sus formas esféricas y su gusto por lo puntiagudo, bien pudiera ser el banderín de enganche para esta fijación, a la que debe añadirse el faro de La Magdalena, e incluso el propio palacio real, siempre representado con esplendor y glamour, que aquí parece más bien como un lugar solitario más adecuado para el reposo mental de sus inquilinos que para alumbrar visiones del futuro, establecido una vez finalizado el debate del presente.
La pérdida casi total de la vista, desgraciadamente sobrevenida en el año 1991, bien ha podido acentuar aquella tendencia de Petra Agüero hacia ese sentido geométrico que tan a menudo recuerda en sus formas el cubismo, propio de algún tiempo de Ricardo pero estrechado entre los brazos de un romanticismo algo tenebroso, como es propio de la visión gótica del arte en el relato.
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