Petra Agüero

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Un paseo por el tiempo : la memoria en la pintura

J. R. Saiz Viadero

 

La buhardilla, como titula la autora, refleja la fijación por unos lugares que aún estando en el cogollo de la ciudad mantenían un componente de andurriales, con sus tejados que acogían mansardas escamoteadas y sus varias alturas a prueba de vecinos aquejados de asma o reúma, facilitando la vida a los que habitaban entre las humedades propias de la bodega o bajos. Está plasmada desde su ángulo más pintoresco y distanciado: lo lóbrego de un interior figurado se encuentra sustituido por la alegría de un exterior con simpáticos ventanales o mínimos ventanucos que hacen sospechar la frecuente presencia de goteras y las fuertes oleadas de viento sur -el pirómano incorregible-, a cuyo arrullo se dormiría la niña y con temor se desvelaría la misma criatura

En las obras de Petra Agüero aparecen con frecuencia los paisajes urbanos de la vieja catedral (pero la de hace varios siglos, cuando las aguas de la ría penetraban por debajo de los ojos del mítico puente de las Atarazanas, tantas veces sustituido), de la dársena de Puertochico, de las calles interiores, dotadas de una perspectiva bien distinta a la de ese Muelle señorial que hacía pasmarse a los viajeros extranjeros como el inglés George Borrow, vendedor de biblias, pero que no engañaban a los forzados al destierro como el poeta José Martí, el cual había aprendido en lúcido contacto con la proximidad de la negra esclavitud que se vivía en su isla antillana que la gran riqueza cegadora de unos pocos está siempre construida sobre los cimientos de la pobreza de unos muchos.

Porque por detrás del barrio de Santa Lucía se escondían los aledaños de las calles de la Mar, hacia los Pirineos y Despeñaperros, Río de la Pila y San Simón, asentamientos que han sido plasmados en el lienzo por Gerardo de Alvear y que conectaban con el Tetuán de los pescadores de las novelas de Pereda y de las crónicas de Solana, desparramados por allí desde las alturas del Cabildo de Arriba, donde moraba la raquera más relimpia y afanosa de cuantas la literatura costumbrista diera a luz, la joven huérfana Sotileza, capaz de poner en cuestión los principios sociales de los señoritos del Muelle, después paseo de Pereda.

Las salas de espectáculos, que en parte ya pertenecen a su itinerario más personal, forman otro trenzado de sus gustos. Porque salvo el Salón Pradera, desaparecido al final de la segunda década del siglo XX, tanto el Teatro Pereda como la Sala Narbón han sido escenarios de incursiones en el mundo del cine -elegante y decadente, que ambas etapas hubieron de vivir- y de la ópera, la zarzuela, el drama y la comedia, de profesionales itinerantes y de aficionados locales. Es un paisaje sentimental que ha nutrido de dosis culturales las aficiones cinematográficas y escénicas de varias generaciones, antes de que la especulación acabara con su silueta y su interior a propósito descuidado.

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