Petra Agüero

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Un paseo por el tiempo : la memoria en la pintura

J. R. Saiz Viadero

 

Petra Agüero (Santander, 1936) pertenece a esa generación que nacida en el marasmo de la guerra civil no solamente vio frustradas sus ilusiones de realizarse social y culturalmente, sino que tuvo que soportar las desgracias inherentes a un enfrentamiento mantenido entre hermanos y la larga represión ejercida después. La generación que vivió el terror derivado de las batallas, los bombardeos, los genocidios, los exilios y las represiones; la que sintió en su estómago el hambre y la miseria producida por las diferentes escaseces a las que había sido sometida, en función de las consignas esgrimidas en cada momento; esa misma ha visto quebrarse su organismo con la desaparición de los más débiles, los que no han podido superar las privaciones, pero ha vuelto a encender la luz necesaria para que el amanecer se muestre resplandeciente en cualquier otro momento.

En ese tiempo han vivido personas dedicadas a memorizar algunos planteamientos de un pasado desaparecido bajo las diversas violencias que cada día se ejercen sobre el entorno social. En la lucha entre lo viejo y lo nuevo no siempre vence el que tiene la razón de la supervivencia, sino más bien obliga a doblegarse el que consigue aglutinar mayores apoyos para lograr los fines deseados, que a menudo son espúreos y sin escrúpulos.

Es difícil hacerse una idea cabal de cómo debiera ser ese Santander que ha caído bajo la piqueta demoledora de la especulación; que ha visto renacer de sus cenizas a partir del incendio sobrecogedor que sufrió en los trágicos días de la segunda mitad del mes de febrero de 1941 y que una vez que hubo despedido a la ciudad de madera -la vieja villa, la vieja puebla- daba el toque de salida para construir una nueva ciudad más acorde con las necesidades de la segunda mitad del siglo XX.

Pero esta ocasión se Perdió Porque el momento histórico no era el más adecuado para 1888 contemplar la perspectiva urbanística bajo un prisma de la mínima libertad y apertura que nos asemejara a otras ciudades europeas y americanas, vocación hacia la cual tendía Santander desde los tiempos más prósperos de su tráfico marítimo, y que una vez perdida esta influencia ultramarina había renovado intelectualmente con la creación de la Universidad Internacional de La Magdalena en el año 1932.

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