Y en medio de todo esto, mansiones que históricamente van desde el tiempo románico y romántico de las piedras de Agüero, Santillana del Mar, Cartes y Castro Urdíales, hasta las casonas montañesas de Barcenilla y Barcena Mayor de Cabuérniga, Rúente y Novales, primorosa madera repartida en las balconadas de Comillas, Arenas de Iguña, Carmona...
Petra Agüero recupera, con mirada amorosa, los paisajes urbanos y rurales de ese pasado que se fue, empujado por la estulticia de unos herederos que no se sintieron capaces de estar a la altura de las circunstancias para conseguir crear fuente de riqueza alguna destinada a sustituir con prontitud no exenta de esmero a aquella que había sucumbido víctima de las servidumbres de un sistema ya periclitado y sin razón alguna de ser.
Los mismos señores que heredaron el formidable balcón que contempla gran parte de la inmensa bahía santanderina, un extenso mirador cuya perspectiva causaba asombro y confusión entre los viajeros que llegaban a la capital de Cantabria a bordo de cualquiera de los múltiples navios que hacían la travesía con Europa y América. Sus propietarios, antaño de uno y también luego de los otros, viéronse obligados a ir desprendiéndose de todo cuanto poseían hasta despojarse de sus más preciados bienes, y si preciso fuera ello para lograr sobrevivir con la mínima dignidad y el decoro que exigía su procedencia, hubieran destruido ese paseo del Muelle forjado en el combate establecido con las aguas ya mansas del Cantábrico a lo largo de una centuria de rellenos y construcciones, si la autoridad pertinente y un rescoldo de actitud cívica no lo hubieran impedido, trazando las normativas que consolidaban el carácter de bien a preservar todo lo que en su interior se iba arruinando paulatinamente.
Para Petra Agüero los antiguos rincones peredianos, el itinerario sentimental formado por vetustos edificios correspondientes a espacios de diversión, ocio y espectáculos, caídos víctimas de la piqueta demoledora al servicio de la especulación más descarada que se hallaba en connivencia -cuando no era su más dilecto representante- con los componentes de la autoridad de turno, forman el paisaje que ha quedado grabado en su memoria visual y que ha querido transmitir como un lamento dirigido a las nuevas generaciones: el Teatro Pereda, incomprensiblemente escamoteado a la ciudad por los especuladores de los años sesenta; el Salón Pradera y el Castillo de San Felipe, sucesivos inquilinos de un solar surgido a las orillas del viejo Somorrostro, y que finalmente dieron paso al edificio representativo de la sucursal abierta por el Banco de España, después de la marcha del funcionario, periodista, novelista y luego académico Ricardo León, aquel que soñaba con Santillana del Mar como patria de sus anhelos histórico-literarios, siendo como era su raíz del solar de Villacarriedo, concretamente del pueblo de Selaya, pasíego por asimilación.