Petra Agüero

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Un paseo por el tiempo : la memoria en la pintura

J. R. Saiz Viadero

 

Influida y condicionada por su manifiesta pasión hacia la historia sentimental de su tierra, la acuarelista Petra Agüero ha venido en los últimos años seleccionando, como tema primordial para su aportación plástica, la visión de las calles y edificios de la parte antigua y residual de Santander, complementada con una aproximación al paisaje rústico y los torreones, castillos y casonas residenciales diseminadas por nuestra ampliamente nutrida provincia, a todo lo cual es preciso sumar un surtido muy variado de temas florales.

Tiene metida en su cabeza esta pintora una visión entre nostálgica y a la vez señorial de un tiempo y un lugar que antaño fueron y de los cuales apenas permanecen en pie otros vestigios que no sean los recogidos mediante la fotografía y el grabado; ahora recuperados por los pinceles de Petra Agüero. Es la suya una visión que se corresponde con el interés manifestado, también, en algún capítulo de la poesía de Gerardo Diego, José del Río Sainz, Jesús Cancio y muchos otros de sus epígonos de las siguientes y hasta las más inmediatas hornadas, a menudo afanados en la tarea de recuperar los paisajes para así mejor ofrecer las razones y las sinrazones de una infancia perdida, de un tiempo desarbolado, de unos esplendores difuminados

Interés que, de alguna manera, han heredado de los escritores novecentistas que oscilan entre Amos de Escalante y José María de Pereda, quienes han dejado su impronta e influencia en periodistas y escritores de nuestro siglo de la talla de César González Ruano, Víctor de la Serna, Luis Gutiérrez Santamaryna, Maximiano García Venero, y otros de menor rango y diferente fuste, pero que no han sabido digerir el gran fracaso que para la política y la economía regional supuso la debacle general que vivió en sus últimas horas el colonialismo hispano-americano, y las nefastas consecuencias del declive que a raíz de la pérdida de las últimas colonias comenzó a sentirse en una provincia y, sobre todo en una capital que habiéndose convertido en emporio esplendoroso en el transcurso de unos pocos decenios, venía dependiendo casi exclusivamente del comercio ultramarino para su propia supervivencia.

Ese espejismo que a lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII y la primera del XIX convirtió la vieja villa de hidalgos arruinados y curtidos pescadores en una ciudad próspera y mercantil, supuso para los espíritus nostálgicos el banderín de enganche más apropiado para la acuñación de la imagen ensoñadora de un pasado esplendoroso, repleto de escudos y blasones, que había devenido en lo que tan certeramente comparaba Pereda al enfrentar el antaño y el hogaño, lo viejo y lo nuevo, con los blasones y pergaminos apelillados y las talegas ya vacías , procedentes de pretéritas riquezas completamente esquilmadas por siglos de contemplación a la vez que de cultivo del difícil y esmerado arte de no dar un palo al agua.

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